sábado, 8 de abril de 2017

LÁGRIMAS DE COCODRILO

Siempre había hecho lo que le había dado la gana. Nada más nacer se dio cuenta de que en cuanto abría la boca y berreaba, aunque fuese lo mínimo, alguien le sacaba de la cuna, le cambiaba el pañal, le daba de comer o le arrullaba.

Se crió entre algodones, hija de padres viejos, ocupó el lugar que había dejado su hermano, al que nunca conoció porque se había suicidado dos años antes de su nacimiento. No pudo soportar la presión de la escuela secundaria, las burlas de sus compañeros y algún que otro golpe o zancadilla en los pasillos del instituto.
Ella lo supo cuando cumplió trece años y encontró, de casualidad, un álbum de fotos, las notas del colegio y la carta de despedida de un hermano del que nadie, nunca le había hablado. Y aquello fue el detonante de su ira. No perdonó a sus padres que le hubiesen engañado, aunque ellos apelaban a su cordura intentando explicar que no había sido un engaño, sino la ocultación de una realidad que para ellos, era insoportable.
Pero no fue suficiente y la edad del pavo se convirtió en un melodrama, salpicado de broncas, gritos y lágrimas. Sobre todo lágrimas, porque cuando lloraba sus padres revoloteaban alrededor, como pollos sin cabeza, intentando calmar a su hija, que apuntaba maneras y estaban seguros de que un segundo suicidio acabaría con ellos.


Tuvo una historia con un profesor, que aprovechado su candidez, abusó de ella durante un curso escolar; hasta que los padres, intuyendo que algo raro pasaba, indagaron y tomaron cartas en el asunto, destapando una trama de corrupción en la escuela, que afectaba a varias niñas de la edad de su Olga; y el profesor dio con sus huesos en la cárcel, para desesperación de la cría, que pensaba –estaba convencida– que el profesor se había enamorado de ella, porque no podía ser de otra manera, era única, sin igual y los hombres, los de verdad, no los mocosos de su de clase, caían rendidos a sus pies.

Comenzó un calvario de borracheras y llegadas a casa a las tantas. Los padres no sabían qué hacer. Eran muy viejos para bregar con eso y vieron el cielo abierto cuando Olga, tras la vuelta a casa de un viaje de fin de curso a España, les anunció que le habían hecho un bombo en Benidorm y que su “novio” viajaba a Suecia, en breve, para pedir su mano, que los españoles eran así, unos caballeros.

Cuando su suegra conoció a la que ella imaginaba una “princesita de cuento”, no pudo por menos que sentir la mayor decepción de su vida. La que creía que había sido la primera, que su Fernandito no hubiese seguido los pasos de su padre, muerto los días previos al glorioso alzamiento de un infarto, y se hiciese militar, pasó a segundo plano. La que iba a ser su nuera era un espanto de mujer, muy rubia, sí, pero larga y desgarbada como un muchacho adolescente. Nunca entendió qué vio su hijo en ese engendro de la naturaleza. Y con los años fue a peor. Porque no es que fuese fea y antipática, es que estaba como una chota. Cuando dio a luz a la primera niña apuntó maneras, pero ella pensó que era porque estaba lejos de su familia y la maternidad se le hacía muy cuesta arriba en otro país. Olga lloraba a todas horas, por los pasillos, por los rincones. A Fernando García de la Fuente le habían destinado, como juez de instrucción, a Valladolid y, aunque el clima, la bruma otoñal y el río helado, eran lo más parecido a Göteborg, a la sueca parecía que aquello no le sentaba bien. Con el nacimiento de la segunda niña fue a peor. Ya no solo lloraba, sino que se calzaba un vasito de anís antes de acostarse porque decía que así dormía mejor. Pero en realidad se pillaba unas melopeas de aúpa, y si las niñas lloraban no se coscaba y era su marido quien tenía que levantarse varias veces, todas las noches, todos los días.
Del llanto pasó a la ira y las discusiones se convirtieron en el pan nuestro de cada noche, porque Fernando llegaba cada día más tarde. Se rezagaba en el despacho, visitaba bares y tabernas o iba al cine solo, lo que fuese con tal de llegar a deshora al hogar, dulce hogar, donde le esperaban las lágrimas de su mujer y los insultos acompañados de lanzamiento de menaje a diestro y siniestro. Un auténtico infierno.
De sexo ya ni se hablaba, de los primeros polvos, intempestivos, explosivos, escandalosos y gozosos; pasaron a una vida sexual de jubilados apáticos.
Tuvo una amante. Una mujer dulce y solitaria de la que no tuvo la deferencia de despedirse cuando Olga le pidió que solicitase el traslado a Madrid. Pero en la capital todo siguió igual, solo que ahora cada uno hacía su vida y los ataques iracundos iban dirigidos al amigo pintor con el que Olga salía todas las noches a fiestas y saraos intelectuales.
Hasta que Frankie, harto de la sueca, intentó hablar con su marido para que la ingresase en un psiquiátrico porque estaba loca, muy loca y no había quién la aguantase. Fernando se encogió de hombros y no hizo nada al respecto. Olga era un poco rara, pero seguramente porque no era española, tenían otras costumbres y, bueno, es que era una tía, y las mujeres –ya se sabe– cuando tienen la regla se ponen insoportables.
Paco López del Álamo, su compañero de pupitre en los Agustinos de Ceuta, insigne psiquiatra, colega de López Ibor y Vallejo-Nájera; le avisó, una noche que cenaron juntos, de la enfermedad de su mujer. Era, según Paco, lo que entonces calificaban como una maníaco-depresiva y lo que Fernando llamaba “lágrimas de cocodrilo” era el prólogo de lo que podría venir a continuación. Olga necesitaba ayuda, pero nadie le hizo caso.

Y una mañana, el primer día de colegio de sus hijas, a las que adoraba y odiaba a partes iguales, se cortó las venas en la bañera del aseo de su dormitorio. Lloró y lloró mientras escribía una carta de despedida, calcada a la que había leído, años atrás, en el trastero de su casa de Suecia.
No reprochó nada a nadie, ni a su marido su falta de empatía ni a sus padres el haberse lavado las manos cuando ella les escribió pidiendo ayuda para volver a casa con las niñas. “Estamos muy viejos para hacernos cargo de vosotras, en España no existe el divorcio y tu marido, recuerda que es juez, puede denunciarte por abandono” contestaron en una carta que enviaron nada más recibir la de su hija, no fuera que le diese la vena y apareciese con las criaturas, que menudo tormento…

Sus padres, en un acto de amor, viajaron a Madrid para repatriar el cadáver de su hija y enterrarlo junto al de su hermano Lars. No fueron capaces ni de besar a sus nietas, que vegetaban en el sofá, viendo la tele y chupándose el dedo.
Y todos, absolutamente todos, se sintieron aliviados con la muerte de Olga Gustafsson, absolutamente convencidos de que su suicidio no había sido otra cosa que un acto de venganza.
Es que estaba muy loca.