miércoles, 5 de abril de 2017

ESCORIA, BASURA, DESECHO


“¡Tampoco es para tanto!”
Fue lo último que escuchó antes de pegar un portazo. El portazo que siempre quiso dar pero nunca se atrevió. El definitivo, el que cerraba una etapa de su vida pero que no sabía si abría otra, porque sí, su marido tenía razón, ¿a dónde vas a tu edad?
Pero se fue. Con lo puesto. Cogió el coche, lo único que le pertenecía solamente a ella y arrancó sin saber dónde ir.
Al amanecer divisó una playa. Se metió en el único hostal que había abierto en noviembre y se tumbó en la cama a pensar.

Había cumplido cincuenta y cuatro años. Tenía tres hijos. Los adoraba pero ya estaban encarrilados y nunca había tenido la sensación de que la necesitasen. Bueno, sí, para sentarse con ellos a hacer los deberes de pequeños, preparar los trabajos de sociales o redactar algo en inglés, sí. Había estudiado filología inglesa y no era maruja, maruja… o eso pensaba.

Había acabado la carrera antes que su marido, el-novio-de-toda-la-vida, que conocía del barrio. Siempre le gustó, desde que era niña y, él, tres años mayor, ni la miraba. Era la hermana pequeña de su amigo del alma y solamente reparó en ella cuando se rompió un tobillo jugando a baloncesto y tuvo que hacer reposo. Se aburría tanto que comenzó a leer las novelas de la hermana de su amigo y ahí comenzó todo.

Mientras él sacaba el MIR, ella daba clases particulares y preparaba unas oposiciones que nunca aprobó. Y no porque no fuese apta, pero entre ganar algo de dinero para mantenerse y el embarazo del primer hijo, tuvo que dejar de estudiar. “Ya lo retomaré cuando el niño sea mayor”, pensó. Pero tras el primero llegó el segundo, “no le vamos a dejar solo, que los hijos únicos son unos repipis” y la tercera “a ver si ahora viene la niña”… y se le fueron los mejores años cambiando pañales, cocinando y limpiando. Que no se arrepentía, que lo había hecho con gusto, pero se olvidó de ella misma, y mientras limpiaba, cocinaba, planchaba, hacía deberes y se volvía indispensable, su marido corría por pasillos de hospital y consultas de la seguridad social, tras culos y tetas más jóvenes y alegres… porque su mujer era una amargada, siempre protestando, que si estaba sola todo el día, que si no podían ir un fin de semana a la sierra, como el resto de la humanidad, que si Juanito había llegado borracho el fin de semana y él ni se había coscado, porque dormía como un becerro, que vale, que venía cansadísimo de guardias y quirófanos, pero hijo, si es que parece que estés de hotel…

Y el amor de su vida, el hombre al que había adorado desde que tenía uso de razón se le volvió insoportable en el momento que tuvo el primer sofoco menopáusico. Dejaron de dormir juntos porque ella desprendía un calor angustioso, no dormía bien y daba tantas vueltas en la cama que no dejaba descansar a su marido, que tenía que estar despejado al día siguiente, porque su trabajo era muy importante. Ella era un cero a la izquierda. “Tú qué sabrás, escoria, basura, desecho…”.

Porque era verdad, ella no sabía nada. Se había embrutecido en todos estos últimos años de ir sola al cine a ver películas coñazo, porque a nadie le interesaban si no había tiros, de leer a Murakami un poco a escondidas porque sus hijos la llamaban gafapastas, de asistir a conciertos con su amiga “la divorciada”, que en realidad lo que buscaba era un tío que llevarse a casa y le venía muy bien la amiga para no ir sola por bares y tugurios, que estaba muy mal visto y más a su edad… y así se le pasó la vida…

Había días que no podía más y bramaba a los cuatro vientos la vieja letanía “un día me piro y a ver qué hacéis” y no había acabado de decirlo cuando se acordaba de que su madre, a la que había jurado no parecerse jamás, gritaba lo mismo cuando ellos eran adolescentes,  y se arrepentía tanto que tenía que tomarse un Valium.

“Tienes razón, Paco de mi corazón, no soy más que escoria, basura, desecho de tientas… ” pensó en voz alta.
“Su” Paco había dejado preñada a su amante, veinte años más joven que él. Ella se había cansado de esperar a que él abandonase a su familia, de promesas que nunca cumplía, de ser el segundo plato, de tener casi cuarenta años y no poder hacer planes de futuro… y dejó de tomar la píldora para acelerar un proceso del que no sabía muy bien a qué atenerse.
Se había enterado de casualidad, por accidente, al mirar el teléfono de su marido, pensando que era el suyo. Pero era cierto, no era para tanto. Al fin y al cabo qué importaba que le hubiese estado engañando toda la vida, porque ella lo sabía, no con certeza, pero se lo imaginaba. Y casi que ni le importaba.
Y le quitó trascendencia, y se imaginó a su marido cambiando pañales, dando biberones y poniendo lavadoras en el hogar de la joven esposa. Haciendo en casa ajena lo que nunca había hecho en la propia. Solícito y cariñoso como nunca lo había sido con ella ni con sus hijos.

“Pues a ver qué hacéis ahora sin mí”, pensó.
Apagó el cigarrillo, se dio media vuelta en la cama y se quedó dormida.


Un año después, sus hijos y su marido aparecieron —cabizbajos y afligidos— en un programa de televisión buscando a la esposa-madre desaparecida. Pero ella no lo vio. Ya  no veía la tele, le aburría miserablemente, tenía cosas mucho más interesantes que hacer.