jueves, 16 de marzo de 2017

HOMOSEXUAL

Fue una liberación. Quería mucho, muchísimo a su madre. Pero su muerte, tras una larga y penosa enfermedad, no dejó de ser un alivio para él y sus hermanos.
Y eso que el que se había chupado ingresos hospitalarios, mañanas interminables de quimioterapia, consultas y pruebas, había sido él.
Con el mayor no podía contar para nada y el pequeño andaba a por uvas desde que hizo la primera comunión. De las cuñadas mejor no hablar.

Cuando murió su padre, unos pocos años antes, dejó para más adelante la mudanza a su nuevo apartamento, en el centro de Madrid, donde pensaba ir a vivir con su “amigo”, al que no había presentado —ni pensaba hacerlo— a su familia.


Ni se le había pasado por la mente confesar en casa que era homosexual. Seguramente su madre sí lo habría comprendido, después de tragar mucha bilis. Pero a su padre, ni se le ocurría comentarlo. General retirado, católico, apostólico y romano, homófobo hasta el tuétano y con un sentido del “honor” insoportable,  tuvo que tragar sapos y culebras cuando el mayor se casó de penalti con Nieves, una cajera del súper de debajo de casa, basta y ordinaria como una rabanera de Orcasitas y no lo hizo con su novia “oficial”, una niña bien, vecina de su barrio, el de Salamanca, hija y nieta de militares, como ellos. Después de verle echar espumarajos por la boca tras conocer a su futura nuera, se dijo a sí mismo que jamás confesaría su “desviación sexual”.

Cuando murió “el generalísimo” como le llamaba James, su pareja; intentó sondear a la madre, pero Doña Remedios, fina y elegante, tan fina y elegante que el día que se le escapó un pedo, de camino al servicio, tuvo que tomarse una copita de chinchón del sofocón y juraba y perjuraba que era la puerta, que no abría bien y rozaban las bisagras. Pues Doña Remedios tuvo uno de sus “mareitos” y su hijo no acabó de contarle que era gay, maricón, afeminado, bujarrón, homosexual, mariposón y sarasa. Todos los sustantivos que utilizaba el general cada vez que salía alguno en Tele5, la cadena abyecta que a doña Remedios tanto le gustaba.

Y cuando murió su madre, su madre querida y amada, a la que adoraba pero que le había robado los mejores años de su vida. La madre que no podía vivir sin su hijo a su lado. La que se ponía a morir los viernes. Porque todos los viernes, sin falta, Frida, le llamaba a la oficina para avisarle que “su mamá se puso muy enfelma, mihijo, yo no sé qué hasel, mi niño…” y acabó por quedarse en casa todos los fines de semana. Y James se cansó y se buscó un novio más joven, más accesible… Y se quedó solo por obra y arte de la mujer a la que más quiso, a la única que quiso. Y no pudo remediar un sentimiento de amor-odio que jamás pensó que su corazón bondadoso y compasivo pudiese albergar.

Y cuando enterraban a su madre en el panteón familiar, se secó las lágrimas; pensó “que os den, papá y mamá”, le dijo a sus hermanos que se ocupasen de todo lo relativo a adjudicaciones de herencias, impuestos de sucesiones, declaraciones de herederos y certificados de defunción, que él se iba dos semanas a Cuba a conocer al hijo de Frida, un mulato de dos por dos, con el que había contactado por Skype.