jueves, 24 de septiembre de 2015

DON GARIGRAN


Ignacio Urrutia era el hombre más guapo que jamás habían visto las calles de Vega de Tajo.

Llegó una brumosa mañana de octubre, con su maletita de cartón, sus dos mudas de ropa y con la extraña idea de pasar desapercibido en un pueblo, donde los pecados de su antecesor no iban a dejar de pasarle factura, antes o después.

Yo le conocí el domingo, en misa de doce, a la que nos obligaba a ir mi abuela. Era roja y atea pero decía que tal y como andaba el mundo lo mejor que podíamos hacer era no rechistar y nadar a favor de la corriente, porque, antes o después, Paca la Culona moriría y llegaría a España la democracia y la libertad, a pesar de Juanito el Breve. Era muy lista mi abuela y a veces parecía un augur de la antigua roma, de las que veríamos, años después, en “Yo, Claudio”, pero casi siempre se equivocaba en sus predicciones.

Mi hermana mayor, Ángela, se puso muy nerviosita cuando vio a don Ignacio y cuchicheó con una risita ahogada lo mucho que se parecía a Cary Grant, pero ella lo llamaba Gary, porque no leía revistas ni sabía nada del mundo, la pobre, todo el día trabajando en casa del alcalde y por las noches estudiando para sacar el bachiller. El caso es que desde ese primer día le comenzamos a llama don Garigran y con ese mote se quedó de por vida.



Ignacio Urrutia era muy alto y delgado, elegante, a pesar de vestir un traje negro, desgastado en codos y rodillas, su único traje, que vestía con alzacuellos y que cepillaba todas las noches y lucía impecable, pese a los años que llevaba con él. Eso mismo, que llevase pantalones y no sotana,  debió ser el motivo por el que muchas mujeres de mi pueblo se enamorasen de él, incluida mi hermana. Eso y que era guapo, con una educación exquisita, impropia de aquellos tiempos y, sobre todo, de mi pueblo, lleno de garrulos de manos callosas y boca muy grande, que nos trataban a las mujeres igual que a las mulas y que, si eras la afortunada de ese mes, te invitaban a un refresco el domingo, con la sana intención de llevarte más tarde a la era,  para echar un polvo rápido e incómodo, que solamente les resultaba placentero a ellos y que a las mozas, en el mejor de los casos las dejaba preñadas y tenían que casarse por “el sindicato de las prisas”, si no, te quedabas con el mote de “facilona” y ya no había manera de pillar novio.

Porque eso era lo que se pretendía, echarte novio, casarte, trabajar por las mañanas para ayudar en la economía del hogar o, si tenías la fortuna de pillar uno con posibles, quedarte encerrada entre cuatro paredes a parir, un año sí y otro no, gañanes que invitarían a otras mozas a otros refrescos, otros domingos.